5 mar. 2012

Doble o nada

-Jugala a doble o nada- dijo Ernesto cuando vio en mi mano todas las fichas que me quedaban y mi intención de poner solo unas más en la mesa.

Eso tenía Ernesto, le encantaban los retos, y más si los retos eran míos. No sé si él hubiera sido capaz de poner todas las fichas al doble cero. Pero cuando la ruleta paró y los ojos del croupier salieron de sus órbitas me di cuenta que mi suerte y mi valor habían pasado la prueba.

Ernesto me abrazaba, me besaba, gritaba como un loco, la gente aplaudía a mi lado, los miraba girar felices como si el dinero fuera de ellos. En el casino había corridas, una rubia de esas que parecen promotoras del TC gritaba con una voz chillona que perforaba mi tímpano,

-Hizo saltar la banca, hizo saltar la banca- y yo entre nervios pensaba en Gerardo Sofovich o Jacobo Winograb. Que pensamientos raros te vienen en los momentos menos esperados. Y además yo sabía que no había hecho saltar nada.

Enseguida un asistente que no tengo idea de donde salió se acercó a mí y me dijo algunas palabras al oído. Me custodiaron junto con Ernesto a una sala pequeña pero antes tuvimos que caminar por unos pasillos bien luminosos hasta llegar a un corredor que tenía las puertas de varios ascensores. Nunca habíamos visto un lugar así en el casino, y eso que éramos concurrentes habituales.

Una vez adentro subimos, creo, tres pisos y llegamos a esta salita pequeña, toda pintada de blanco y con una ventana con vista al rio. Me senté en un silloncito a esperar y Ernesto caminaba para todos lados como si sufriera un trastorno de ansiedad.

-Flaca, ¿dónde nos trajeron? ya me empiezo a preocupar- dijo algo nervioso- ¿Cuanto más nos van a tener aquí? ¿A qué hora vinimos?

-Callate querés, no se bien, serán cosas de rutina. Tendrán que darnos algunos papeles, acordate que es mucha, mucha guita la que gané.

-Ganamos querrás decir flaca o acaso no vas a repartir el premio conmigo. Creí que había quedado claro que era una sociedad, en buenas y malas

-¿Sociedad?-le dije- ¿de dónde sacaste eso? Sociedad ahora que gané, cuando ganas vos no hacemos ningún arreglo me parece o me diste algo antes.

Ernesto tiene la puta costumbre de mirarte desafiante, como queriendo demostrar que es el único que tiene la razón. Esta vez no me gustó.

-Mira flaquita no me vengas con eso ahora, y acá, cállate la boca, lo hablamos cuando estemos en casa.

-¿En casa? De que casa me hablas Ernesto. El tequilita que te tomaste hace rato te hizo mal. Desde cuando mi casa es tu casa.

Las mujeres tenemos eso, somos capaces de hablar de las cosas más profundas en el lugar y el momento menos indicado.

-No te querés quedar a dormir, tenemos sexo y te vas. No dejás que diga que sos mi novio. Somos amigos, tenemos una relación especial, decís. Y ahora que gané esta platita me venís con “lo hablamos en casa”. Es mi casa chabón. Que te quede claro.

Cada vez me miraba peor. Me di cuenta que tenía ganas de darme un cachetazo, pero no lo iba a hacer, era bicho, justo ahora que yo había ganado tanto en la ruleta, él no me iba a dejar. Me imagino lo que estaría pensando. Departamento nuevo, viajes, ropa de marca como le gusta comprar, perfumes. Justo ahora Ernesto no me iba a dejar. Era gracioso ver como se tragaba su orgullo cuando me dijo

-No seas tontita, si vos sabés que yo te quiero.

Me le reí en la cara, me le reí a carcajadas. Me interrumpió la llegada de otro hombre. Fue el que nos dio todas las indicaciones.

-Los hicimos esperar porque necesitamos que venga el abogado de la firma- comenzó diciendo- el va a ser el encargado de explicarles lo que pasó.

-¿Lo qué pasó? – se preguntó Ernesto, y frunció el entrecejo entendiendo algo que yo no entendía.

-Sí, indudablemente ustedes sabrán que el casino no dispone del dinero que la señorita ganó. Así que en cuanto llegue el abogado hablaremos con él.

-Para un poco rubio- rugió Ernesto- no hace falta que traigas a ningún abogado, vos nos vas a pagar lo que ganamos, no vamos a arreglar nada de nada.

-Le pido que se tranquilice caballero que pronto vamos a hablar- fue la última palabra que dijo el rubio antes de cerrar la puerta.

Ernesto quiso seguirlos pero como era lógico nos habían dejado encerrados. No se si no fui consciente de lo que pasaba o era la hora o el alcohol, pero mientras él estaba como loco yo no podía contener los bostezos.

-No te duermas infeliz- me dijo- en tu cabecita hueca ¿no te entra lo que está pasando? Ganamos mucha guita flaca, mucha y estos cuervos nos quieren arreglar vaya a saber con cuanto.

- Si pero que podemos hacer, hasta que no vengan no sabemos nada.

-Flaquita nos tienen encerrados no se desde hace cuanto, despertate de una buena vez. Vos me preguntas siempre por qué soy así con vos, porque me enferma tu actitud. Te estás durmiendo cuando nos acaban de decir que no nos van a pagar la plata que ganamos.

No se cuantas horas pasaron pero ya era de día, el estomago me dolía, eran nervios y hambre. Yo me había sentado cerca de la ventana, corrí el silloncito y miraba como salía el sol. Él por el contrario no paró de moverse, se comía las uñas y refunfuñaba cosas que ni recuerdo. Cuando supongo eran las 9 de la mañana una señorita muy bien vestida nos trajo unos desayunos de Mc Donald. Venía acompañada de un gordo que seguramente era de seguridad.

Ernesto les gritaba, les hablaba de su indignación y la falta de respeto, ellos nos dijeron nada, dejaron la bolsa y se fueron.

Yo me tomé el café con el tostado y el jugo. Él no quiso probar nada.

-Comé algo al menos, aunque te enojes nos van a atender a la hora que quieran- me miró con odio.

Pasada una hora y media nos vinieron a buscar. Esta vez no fueron tan amables como cuando nos llevaron, no estaba el rubio de la noche anterior, ni la señorita, ni el gordo. Eran 4 hombres que parecían de seguridad. Nos tomaron de los hombros como si fuéramos delincuentes, nos sacaron nuevamente por el ascensor. Salimos al subsuelo del casino, ese si lo conocía, eran donde funcionan las cocheras. Estaba vacío, ni siquiera estaba nuestro auto. Ernesto me miró mal. Creo que se asustó como yo porque no dijo nada durante ese el tiempo.

Nos separaron dos viajaron conmigo en un auto y dos se fueron con él. En vano fue pedir que nos dejen juntos o gritar que nos digan donde nos llevaban. Lo último que recuerdo fue un golpe fuerte en la cabeza después de bajarme en el medio de un descampado. Y ahora esto...




3 comentarios:

  1. ¡¡¡Nunca hay que abandonar la mesa ni las fichas cuando ganás!!! ¡¡¡Estás loca, nena!!! Ay, me compenetré tanto que me puse como laaaca.

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  2. excelente lau!!!! qué bajón!!! lo bueno es que no vamos a tener que esperar tanto para la continuación...;-)

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  3. ¡Fántastico!
    Muy buena diagramación de personajes, locaciones, situaciones, todo con una intriga "in crescendo" que nos deja absortos ante ese final, esperando ansiosos por la continuación.
    ¡Felicitaciones!

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