12 mar. 2012

Más allá del muro

azahares


















Aquí estamos las cuatro, vestidas de blanco. Mamá, mi hermana, mi sobrina y yo. Las tres generaciones unidas, listas para caminar hacia lo que se encuentra detrás del gran muro.

Nos percibimos como una sola, así nos educaron para los grandes momentos de la vida. Con vaporosos ropajes hechos para la ocasión, que vestimos sobre el cuerpo limpio y perfumado.
Mamá se esmeró entretejiendo flores de estación en las trenzas doradas de Ernestina, la más pequeña de la cofradía. Mariana y yo llevamos sendos ramos azahar en la mano.
No recuerdo otro momento en que hayamos sentido tal comunión, aunque hubo muchos parecidos a éste. Nos recuerda a aquellas tardes inefables de tejido al crochet, tortas caseras y té en el comedor de la abuela Clara. Nos llega una ráfaga del inconfundible aroma a canela de aquellas jornadas. Señal de que la abuela Clara no anda muy lejos. Avanzamos con la confianza que otorgan los aromas que ascienden desde la infancia, trayendo consigo el confort de una época en que estábamos a resguardo y en el mejor de los mundos posibles.

Sentimos que volveremos a entrar en ese mundo una vez que alcancemos la puerta adornada con flores que deja entrever esa luz que materializa el amor más real que jamás hemos sentido. Tomadas de la mano revivimos en segundos los hechos más trascendentes de nuestras vidas, mientras una compasiva llovizna va lavando todo el barro, toda la sangre, toda la mugre acumulada en el tránsito. Agradecemos a todos los actores que nos han honrado con su compañía todo el tiempo que duró nuestra obra.

Cuando podemos ver de cerca a la abuela Clara rodeada de otros rostros conocidos, entendemos que es el momento de dejar caer el telón, de dar vuelta la página y mirar hacia atrás por última vez.
Nuestros cuatro cuerpos están dispersos por la casa. Uno en el comedor, otro en el baño, dos en la habitación.  La sangre está seca y es tanta que parece teñir todo de rojo.

El hombre asustado no pudo borrar todas sus huellas, solo atinó a huir tratando de esconder el cuchillo. Ese hombre es el que alguna de nosotras había amado, a quien le habíamos abierto la puerta mientras algunas dormíamos, confiadas. Ese pobre ser encarnado tendrá que esperar mucho, mucho tiempo para llegar hasta donde estamos ahora, tendrá que acarrear ese peso en el alma hasta poder aprobar la lección. De eso se trata todo, pero ni él, ni nadie allá atrás, lo sabe como nosotras. 
Para nosotras, el ser del cuchillo es un actor más, un punto oscuro que retrocede en la niebla ilusoria de la realidad de aquel lado del muro.

Nosotras seguimos moviéndonos hacia adelante. Siempre hacia adelante.

6 comentarios:

  1. final abrumador Y naturalmente excacto... :-) excelente lils!!!

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  2. Gracias Cla, es muy placentero volver a compartir este espacio con tan selecta compañía :)

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  3. Gracias Fede! ¡you have to go back!

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  4. ¡Muy bueno!
    Qué giro toma el relato a mitad del mismo, completamente inesperado para mí.
    Y el final es genial.
    ¡Felicitaciones, Lils!
    Saludos.

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